Cuando la práctica se vuelve costumbre. El riesgo de dejar de preguntar “por qué” en la aplicación de las NIF.
Cuando la práctica se vuelve costumbre
CPC. ADRIANA ESCALANTE AMARILLAS
Socia de auditoría en DLP Contadores,
S.C. adriana_escalante@dlp.com.mx
El riesgo de dejar de preguntar “por qué” en la aplicación de las NIF
En la práctica contable existen expresiones que resultan familiares: “ahí déjalo”, “siempre lo hemos hecho así”, “cuando pase, lo registramos”, “fiscalmente está bien” o “al final da lo mismo”. Ninguna demuestra, por sí misma, que exista un error. Incluso detrás de una práctica repetida puede haber una decisión que, en su origen, estuvo correctamente sustentada. El problema aparece cuando la explicación técnica se pierde, las circunstancias cambian y el tratamiento permanece simplemente porque así se ha hecho durante años.
La repetición aporta eficiencia y consistencia a los procesos; sin ella, cada cierre contable obligaría a empezar de cero. Sin embargo, existe una diferencia entre una práctica consistente y otra que se mantiene por inercia: la primera puede explicar por qué sigue siendo apropiada; la segunda únicamente puede decir que siempre se ha hecho así. En esa diferencia adquiere relevancia el juicio profesional.
“Ahí déjalo…”
Una partida permanece en una conciliación bancaria durante meses, quizá años. En cada cierre vuelve a aparecer acompañada de la misma explicación: “está conciliando”. Pero conciliar una diferencia no significa necesariamente haber explicado qué representa. Puede tratarse de un error de registro, una duplicidad, un pago no aplicado, un movimiento no identificado o alguna otra situación que requiera análisis. La pregunta relevante deja entonces de ser cuánto tiempo lleva conciliándose y se convierte en otra:
¿Qué representa hoy?
Algo semejante ocurre con ciertos saldos registrados como deudores diversos, anticipos o cuentas por cobrar. El nombre de la cuenta indica dónde se registró una operación, pero no necesariamente cuál es su sustancia. Un saldo a cargo de un accionista, por ejemplo, no se convierte en un derecho de cobro únicamente porque se encuentre registrado en “deudores diversos”. Antes de concluir será necesario conocer su origen, condiciones, evidencia y demás hechos relevantes. El registro contable debe ser consecuencia del análisis, no su sustituto.
“Siempre lo hemos hecho así”
La consistencia es una cualidad deseable; la inercia, no necesariamente. Un activo totalmente depreciado que continúa en operación no demuestra, por sí solo, que exista un error, pero sí puede provocar una pregunta: ¿cuándo fueron revisadas por última vez las estimaciones que sustentaron su depreciación?
La vida útil, el valor residual y el método de depreciación requieren revisión periódica; este último debe reflejar el patrón esperado de consumo de los beneficios económicos futuros del activo y pueden requerir modificación ante nueva información. Algo semejante ocurre con los cálculos automatizados: que un sistema haya aplicado durante años determinado parámetro no demuestra que éste continúe siendo apropiado. Alguien definió sus porcentajes, vidas útiles, límites o supuestos. Automatizar mejora la eficiencia, pero no traslada al sistema la responsabilidad de analizar. Revisar no significa cambiar; significa volver a justificar.
“Cuando pase, lo registramos”
También es frecuente condicionar el reconocimiento contable a la llegada de un documento. Un servicio se recibe en diciembre, el cierre ocurre el 31 de ese mes y el comprobante se obtiene en enero. Centrar el análisis exclusivamente en la fecha del documento puede desviar la atención de la pregunta esencial: ¿Cuándo ocurrió el hecho económico que debe representarse?
El documento puede constituir evidencia relevante, pero no necesariamente origina el hecho económico ni determina por sí solo el momento de su reconocimiento financiero. El mismo razonamiento resulta útil frente a reclamaciones, obligaciones u operaciones cuyo desenlace definitivo todavía no se conoce al cierre. La ausencia de una resolución final no significa que no exista nada que analizar. Incluso concluir que no procede reconocer un importe representa una decisión que debe estar sustentada: si se determina que no procede reconocer un importe, debe existir evidencia y razonamiento que sustenten esa decisión y analizarse, además, si corresponde alguna revelación. Esperar también puede ser una decisión contable; lo importante es saber por qué se está esperando.
“Fiscalmente está bien”
En la práctica profesional mexicana, la información financiera y el cumplimiento fiscal conviven diariamente. Esa cercanía puede provocar que, en ocasiones, las preguntas de un marco se respondan utilizando las reglas del otro. Supóngase un activo al que corresponde determinado tratamiento fiscal. De ello no se desprende automáticamente que su valor contable deba modificarse en la misma forma. Para efectos financieros deberá analizarse la naturaleza del activo y la forma en que se consumen sus beneficios económicos; para efectos fiscales, las consecuencias previstas por la legislación aplicable.
Que una erogación no sea deducible tampoco significa que financieramente deje de existir; aún debe determinarse qué ocurrió y qué representa. “Fiscalmente está bien” puede ser una respuesta correcta a una pregunta fiscal; el riesgo aparece cuando se utiliza, sin análisis adicional, para responder una pregunta financiera. Dos marcos pueden observar la misma operación y formular preguntas diferentes; ninguno sustituye al otro.
“Al final da lo mismo”
La contabilidad no sólo reconoce y valúa; también presenta y revela. Una cuenta por cobrar de cuatro millones de pesos y una cuenta por pagar de 3.2 millones producen aritméticamente una diferencia de 800 mil pesos. Sin embargo, presentar un activo por cuatro millones y un pasivo por 3.2 millones no necesariamente comunica lo mismo que presentar únicamente un activo neto por 800 mil. La igualdad matemática no garantiza equivalencia informativa.
Lo mismo ocurre cuando partidas de naturaleza distinta se agrupan bajo conceptos como “otros activos”, “otros deudores” u “otros gastos”. El total puede ser correcto y los estados financieros cuadrar perfectamente; aún queda por determinar si la presentación y revelación comunican adecuadamente la información. Frente a “al final da lo mismo”, conviene preguntar: ¿representa realmente la misma información? Que cuadre es necesario, pero no suficiente.
De la costumbre al juicio profesional
Los casos anteriores tienen algo en común: en ninguno la respuesta debería surgir automáticamente del nombre de una cuenta, de un documento o de la forma en que se resolvió el asunto el año anterior. Tampoco todos conducen necesariamente a un ajuste. El tratamiento puede seguir siendo apropiado, requerir modificación o necesitar información adicional antes de concluir. Por ello, NO PROCEDE, DEPENDE y NO LO SÉ… TODAVÍA pueden ser respuestas profesionales.
El juicio profesional no consiste en tener una respuesta instantánea para cada operación, sino en saber qué preguntas deben responderse antes de concluir. No se trata de buscar errores a fuerza, sino de obtener conclusiones defendibles.
Siete preguntas antes de concluir por costumbre
Antes de aceptar nuevamente un tratamiento porque “siempre se ha hecho así”, conviene preguntar:
Origen: ¿cómo nació?; Sustancia: ¿qué representa realmente?; Evidencia: ¿con qué se demuestra?; Reconocimiento: ¿corresponde reconocerlo y cuándo?; Valuación: ¿cuánto representa hoy?; Presentación y revelación: ¿dónde corresponde y qué más necesita conocer el usuario?; y Cambio: ¿qué ha cambiado desde la última vez que se analizó?
Estas preguntas no sustituyen el estudio de las NIF aplicables; buscan evitar que la repetición sustituya al razonamiento. Las buenas prácticas permiten ordenar procesos, dar consistencia al trabajo y aprovechar la experiencia acumulada. El objetivo no es desconfiar de aquello que se ha hecho durante años, sino conservar la capacidad de explicar por qué se sigue haciendo así.
Cuando existe una respuesta sustentada en los hechos, la evidencia y la normatividad aplicable, probablemente se está frente a una práctica consistente. Cuando la única explicación es “porque siempre lo hemos hecho así”, quizá sea momento de volver a analizar. El problema no es la costumbre; es dejar de preguntarnos por qué. Porque las NIF no sustituyen el juicio profesional: lo requieren.








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